Es el grupo 5º A de primaria. Estamos treinta y ocho escuinclas, paradas derechitas, sin sonreír. Yo, más que ninguna, no puedo sonreír. A mi lado izquierdo está Angelina, su diadema amarilla se pierde entre su pelo rubio. Un escalón abajo, del lado derecho, Ángeles; pelo azabache, mira la cámara con sus ojos negros. Hoy no vino Angélica. Son mis amigas cercanas. Acabamos de cumplir once años, yo fui la primera en festejarlos. Con ellas bailo, oímos radio, nos aprendemos las canciones del hit parade. Formamos un cuarteto musical que es famoso en la escuela.
Después de tomarnos la foto oficial del quinto grado, regresamos al salón de clase. Hace frío. Me ha dolido la barriga desde que llegué al colegio; en el recreo le di mi jugo de naranja a Angelina y mi pan con mermelada a Ángeles. No tengo hambre. Tengo frío. Pero sudo. Sudo frío por las axilas, de la frente salen gotitas, bajan despacio por el centro de mi cara, llegan hasta mis labios. También tengo náusea aunque lo que me molesta es el dolor. Un dolor que arde. Quiero ir al baño, quedarme a solas unos minutos, no me echarán de menos, están copiando una lección de historia. Me atrevo a levantarme de mi pupitre, voy con la maestra, ojalá me deje salir. Me ve. Le pregunto. Me da permiso, esta vez sin mayor sermón.
El baño está solitario, ni siquiera veo a la cuidadora. Entro a un gabinete y cierro con el pasador. Me levanto la falda del uniforme, bajo mis calzones, me siento. Trato de cubrirme abrazando mi panza a ver si se calienta, si deja de doler. Eso se me antoja, calentar mi vientre. La cuidadora del baño viene por el corredor; me fastidia porque de seguro me va a apurar a salir, está prohibido quedarse mucho tiempo en los baños. Alguien le pregunta algo. Se ponen a platicar. No saben que a mí se me enciende el ombligo, debajo del ombligo, por detrás del ombligo. Mi piel tiembla, oprimo las mandíbulas para que no cascabeleen. El dolor que es cada vez más fuerte, más rudo, insoportable. Debo explicarle a la cuidadora, para que me lleve a la dependencia y me den una pastilla. Sí, lo haré, pero la vigilante se va y yo me quedo con un grito que no sale de mi boca abierta: mis calzones están rojos, con un rojo sangre que jamás había visto, nunca. Toco mis calzones, están mojados, me toco la conchita y mi mano se cubre de sangre, sangre roja más roja que ningún rojo antes visto. Mientras sucede, no sé qué está pasando y no quiero saber qué pasa porque se me sale la sangre por abajo sin que sea algo que yo pueda detener ni con el pensamiento ni con la envoltura de las palabras, mucho menos con voluntad. ¿Qué hago? ¿Qué hago? Angelina y Ángeles deberían estar conmigo para que me ayuden a apagar la llama que me come el vientre. Quiero vomitar, no debo vomitar, cómo levantarme, darme vuelta y vomitar si por debajo estoy escurriendo un arroyo rojo que huele a sudores calientes. Siento quejidos rotos, debo comérmelos, comerme mis quejidos, que no me coman ellos a mí, que no entre la muerte ahora que la vigilante no vigila y la muerte puede meterse como visitante sin permiso. Me asusta hasta más no poder, pienso que es mejor no saber qué tengo, que es mejor no decirlo a nadie, no contarlo porque si no lo cuento no se darán cuenta de su existencia, sobre todo Angelina y Ángeles, para que no sufran al contárselo a Angélica; me entristece que sufran, así que será mi secreto. Sólo mío. Lo lamento, de veras, lamento hacer lo que debo hacer: callarme. Me pongo mucho papel taponeando la salida del arroyo, por suerte la falda del uniforme es negra. En el lavabo enjabono mis manos, restriego, froto, las enjuago. Me miro en el espejo. Esa cara pálida, ¿es mía? Ya no soy yo.
Salgo del baño. Algo flamea en mi cabeza, debe ser el pensamiento que se anida en los rincones; camino despacio apretando el tapón y apisonando el dolor interminable. A nadie le diré qué me pasa. Me acostaré en el pupitre, me haré la dormida hasta que me quede dormida como las piedras que duermen en el río. Sí, eso haré al entrar al salón de clase y la maestra me atrae hacia ella, me acaricia la cabeza, me dice: “Ya viene tu mamá por ti, baja a la dirección de una vez, ya recogí tus cosas”. Así que la maestra sabe qué me pasa. Angélica me dice adiós con los cinco dedos, Ángeles me ve con sus ojos negros, me escurro rápido hasta la puerta porque no quiero llorar. Bajo hasta la dirección donde me avisan que mamá me espera en la calle. Vuelvo la mirada a mi escuela, le digo adiós, gracias. Mamá abre la puerta del coche, está feliz, me lo dice su voz cantarina, su ánimo, su alegría, un beso…“voy a llevarte a la farmacia, compraremos toallas sanitarias, hijita, llegando a casa te enseñaré a usarlas, no imaginé que empezaras tan pronto, m´ija, hay que dar gracias a la vida, ya no eres una niña, eres señorita. Esto te pasará cada veintiocho días…”. Con un gran alivio me echo al cuello de mi madre sintiéndome recién nacida al tiempo que dentro de mi cabeza se acumulan preguntas sin respuesta: una, otra, otra más, una tras otra.
En mi cama, con el abrazo de mi almohada, lloro golpeando el colchón: yo no quiero ser señorita, no quiero, no quiero ser señorita. Me siento como una piedra arrastrada y revuelta por la corriente.